Vinos De Patio

Vinos De Patio

Vinos De Patio representa la inquietud de una nueva generación de viñateros. Aquellos que, al recibir la tradición del oficio familiar y distintas variedades de parras centenarias, deciden explorar y dar un nuevo valor al terroir ofrecido por una zona casi irrepetible, de valles, laderas, montañas arcillosas, ríos y costas.

Una tradición que es mantenida por un grupo de cinco jóvenes: Elier, Herman, Luis, Pablo y Ronald, representantes de esta nueva camada que se reúnen para dar vida a Vinos De Patio. Un nombre simple y honesto con su historia, que comienza en los rincones de sus casas -y, por supuesto, sus patios- donde han llegado a levantar una pequeña pero delicada producción.

Repartidos en diferentes paisajes de uno de los valles con mayor tradición vitivinícola del país, se esconden tres hectáreas de Cinsault, Moscatel de Alejandría, Cepa País, Torontel y Carignan que dan vida a los Vinos De Patio y, con ello, a una exclusiva producción de alta gama, que hasta ahora ofrece 10 especiales vinos.

Una lechuza es el ícono que le permite a Vinos de Patio llevar consigo la esencia de su zona origen, Guarilihue. Aquí, según cuentan las historias, estas misteriosas aves habitaban y protegían las preciadas bodegas de sus viñateros.

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Nuestros valores

Medio Ambiente

Agricultura y producción natural.

Innovación

Mismo valle, misma uva, nuevo vino.

Oficio

Herencia y tradición de familia.

Rescate Patrimonial

El origen de la cultura vitivinícola chilena.

Los Productores

Luis Lagos

En su nombre ya salta a la vista una tradición de tres generaciones en el vino. Un oficio familiar que lleva el título de viña “San Luis” que ha sido cuidadosamente heredado de padre a hijo y que se ha dedicado a mantener vivas las parras ancestrales de Guarilihue.

Con cada detalle y conocimiento aprendido, Luis Lagos desarrollaba la inquietud por potenciar el valor y nobleza de la uva patrimonial que estaba en sus manos. Una razón que fue suficiente para desistir de emigrar a la ciudad y sumar a otros en el desafío de hacer mejor vino en el Valle.

“La vinificación es una labor ardua, de mucho esfuerzo, por lo que era también un oficio que pocas personas realizaban. Para mí, era lo que me apasionaba. Y aunque vengo de una tradición y herencia viñatera, esto fue desde un comienzo mi decisión de vida”.

Ronald Vera

Determinado, Ronald Vera comenzó a trabajar en su propia producción de vino cuando apenas bordeaba los 25 años. Y aunque en principio había dejado Guarilihue y con ello el oficio que le había sido transmitido por tradición, no pasó mucho hasta que primó el llamado por dar a conocer el trabajo, calidad y tradición viñatera del valle.

Esta energía se puede saborear en Prófugo, su vino más emblemático y uno de los más aplaudidos de la zona. Con reconocimientos y medallas desde su primera cosecha, este especial ejemplar ha sido clave para reposicionar la cepa del Cinsault y su denominación de origen, con un nombre que esconde una romántica historia familiar.

“Hace tres generaciones, el abuelo productor de esta exquisita uva venía arrancando de las tierras de Cobquecura acusado de un crimen que no cometió. Debía esconderse en bosques densos y eligió la zona de Guarilihue para hacerlo. Pasado un año, el tiempo le dio la razón de la inocencia pero ya era demasiado tarde, el hombre prófugo ya se había enamorado y decidió formar familia rodeado de viñas. Desde ese entonces que la familia Vera trae la tradición viñatera y es por esta razón que le dedico el vino a mi abuelo, en virtud a ese hombre osado arriba de su corcel”.

Herman Díaz

Herman es de campo, de familia viñatera en pleno Guarilihue. Sin embargo, su vida la escribió desde temprano en la ciudad -específicamente en Concepción- donde llegó a los cuatro años a vivir con su abuela. Ahí crece, va al colegio, estudia y ejerce la mecánica industrial. Su camino estaba hecho, hasta que la enfermedad y muerte de su padre (de oficio viñatero) lo remece con una vital decisión: dejar ir con él la tradición del vino o regresar a asegurar al menos una generación más de historia.

“Mi primer vino tiene por nombre Gran Delito debido a que del cuartel elegido se encontraba inscrito como Moscatel de Alejandría, por lo cual estábamos cometiendo un gran delito según el SAG, ya que en la etiqueta decía Torontel, pero nosotros no teníamos registrado en el SAG esa cepa, por lo cual nos quisieron cursar una multa. En el momento actual, se encuentra todo regularizado”.

Elier Ortiz

De padres y abuelos vitivinicultores, era predecible que el sueño de Elier fuese continuar con la tradición de la vinificación. Pero cuando lo imaginaba, siempre lo hacía con su propio vino en la mano, uno diferente que llevara su esencia, fuera nuevo y especial para él. Y aunque la historia fue diferente por un tiempo y Elier dejó el campo, le ocurrió lo mismo que a otros de su generación: pesó un sentido de compromiso con el Valle y la “deuda histórica” que sentía que había con la visibilización de su cultura. Esta responsabilidad -para Elier- le tocaba a los jóvenes.

Elier parte su exploración con el Moscatel de Alejandría, dando vida a Intrínseco y Doña Vita. Este último, un Late Harvest de exquisito resultado en el que imprime una historia, dulce como su sabor.

“Siempre pensé que algunos de mis vinos tendría que homenajear a mi madre y un Late Harvest expresa todo el dulzor de ese amor. El nombre de este vino es el de ella y la etiqueta un trozo de su clásico delantal”.

Pablo Solis

Con apenas 19 años, y recién terminando de cursar sus estudios secundarios en una pequeña ciudad cerca de Guarilihue, Pablo entraba por completo en el oficio de la vinificación. Como para muchos otros jóvenes, se trataba de continuar con el trabajo y tradición familiar dando vida a un producto con décadas -o más- de historia en la zona.

Pero Pablo sabía que contaba con una uva noble y de gran potencial que hasta ahora daba vida a un vino campesino, ancestral y patrimonial, pero que aún entregaba muchas posibilidades para hacer crecer su calidad e incluso innovar.

“Sabíamos que contábamos con un buen producto y que podía mejorar. Dentro de cada botella hay un año de sacrificio, esfuerzo, pasión y esto debe ser traspasado”.

Sus Vinos

El Valle

Guarilihue, Valle del Itata

Sin grandes antecedentes de la existencia de asentamientos humanos prehispánicos, Guarilihue -en pleno Valle del Itata- es una de las localidades del país que emergió con la llegada de los españoles. Esta “Tierra de nadie”, como le llamaron los primeros conquistadores, fue valorada por su posición estratégica para el descanso y recuperación de las milicias hispanas mientras se desarrollaba la Guerra de Arauco a solo kilómetros, en la ribera del río Bio-bío.

Rápidamente, las primeras familias españolas asentadas visualizaron el valor agrícola de estas tranquilas tierras de valles, montañas, ríos y mar. A ese momento se remonta no solo la actual tradición vitivinícola de Guarilihue, si no que la de la vitivinicultura chilena. Es en tierras guarilihuanas donde se esconde uno de sus más románticos secretos: el “hito cero” donde crecieron las primeras parras y se llevaron a cabo las primeras producciones de vino.

Durante siglos se ha guardado ahí una historia de parras centenarias que levantaron una tradición de vinificación familiar traspasada de generación en generación y que heredaba el oficio de la producción del “pipeño”, vino campesino típico chileno de elaboración artesanal, con variedades tintas y blancas que no trabajan ni identifica sus cepas.

   Nuestras cepas en Guarilihue

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